
Las cenas vecinales en Palma se han convertido en una forma de reivindicar el uso de las plazas del centro de la ciudad. El colectivo Brunzit reúne cada miércoles a cientos de residentes con sus propios tuppers para compartir comida y conversación en espacios muy frecuentados por turistas.
La iniciativa nació como una respuesta vecinal a la sensación de que las terrazas, los negocios orientados al visitante y la actividad turística han reducido el espacio disponible para quienes viven en la capital balear. Este año, las convocatorias han llegado a reunir a más de 500 personas, frente a las poco más de 200 del año anterior.
Brunzit organiza cenas comunitarias en plazas céntricas de Palma para reivindicar que el espacio público también pertenece a los residentes.
Una cena comunitaria que recorre las plazas de Palma
El formato es sencillo: los vecinos llevan la comida de casa y ocupan durante unas horas distintos espacios públicos para cenar al aire libre. Las convocatorias han pasado por la plaça Major, la plaça d’en Coll, la zona de la Seu, la plaza Llorenç Villalonga y el carrer Fàbrica, entre otros puntos céntricos.
Brunzit presenta estas reuniones como una recuperación pacífica de lugares que, a juicio del colectivo, han quedado cada vez más vinculados al consumo turístico. La intención no es únicamente organizar una actividad social, sino volver a utilizar las plazas como lugares de encuentro cotidiano y no solo como zonas de paso o espacios asociados a terrazas.
El conflicto por la plaza de Cort
La tensión aumentó el 21 de julio, cuando el Ayuntamiento comunicó que no autorizaba una cena en la plaza de Cort. El colectivo vecinal y los ateneos de Canamunt aseguraron que habían tramitado el permiso en mayo y que las mesas y sillas ya estaban preparadas días antes.
El consistorio argumentó que la plaza había acogido 89 actos durante 2026, uno más que en todo 2025, y propuso otros emplazamientos: Llorenç Villalonga, Llorenç Bisbal y d’en Coll. La decisión provocó una concentración de unas 200 personas, que denunció un trato desigual entre las actividades vecinales y las relacionadas con los visitantes.
La patronal CAEB también pidió que estas cenas no obliguen a los establecimientos a retirar sus terrazas, al considerar que esa circunstancia puede afectar a su actividad económica. El desacuerdo refleja una disputa más amplia sobre cuánto espacio de las plazas y calles debe reservarse a la hostelería y cuánto debe permanecer disponible para el uso colectivo.
Más allá del turismo: convivencia y soledad
El portavoz de Brunzit, Pau Riera, sostiene que el aumento de terrazas y comercios dirigidos al turismo ha expulsado progresivamente a los residentes del centro. Para el colectivo, sentarse a cenar en una plaza permite recuperar vínculos entre vecinos y combatir el aislamiento, especialmente entre personas mayores.
Las convocatorias conectan así dos reivindicaciones: el derecho a utilizar el espacio público sin necesidad de pagar una consumición y la recuperación de la calle como lugar de convivencia. La fórmula recuerda a otras iniciativas de encuentros al aire libre en barrios y pueblos, donde las plazas funcionan como una sala de estar compartida.
Una protesta dentro de un malestar más amplio
Las cenas se producen en un contexto de movilizaciones contra la presión turística en Mallorca. La plataforma Menys Turisme, Més Vida, que agrupa a más de 60 entidades, convocó una protesta en Palma el 26 de julio bajo el lema “Mallorca al límite”. La organización cifró la asistencia entre 25.000 y 70.000 personas, mientras que la policía ofreció una estimación diferente.
Entre las demandas planteadas figuran limitar la compra especulativa de vivienda por parte de fondos de inversión, eliminar el alquiler vacacional y restringir el acceso a determinados espacios naturales. El debate también afecta al coste de la vivienda y a la pérdida de población residente en los centros urbanos con mayor concentración de pisos turísticos.
Qué puede ocurrir ahora
Brunzit mantiene sus encuentros semanales en distintas plazas de Palma, mientras continúa el debate sobre la convivencia entre residentes, hostelería y visitantes. Las cenas no resuelven por sí solas la presión sobre la vivienda ni la transformación comercial del centro, pero han convertido el uso cotidiano del espacio público en una reivindicación visible.
El desenlace dependerá de cómo se regulen las actividades vecinales y la ocupación hostelera de las plazas. Por ahora, cada convocatoria vuelve a plantear la misma pregunta: si una plaza es pública, ¿quién decide cómo y cuándo pueden utilizarla sus vecinos?
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