
El desierto del mar de Aral es el resultado visible de una decisión agrícola tomada durante la época soviética: desviar grandes cantidades de agua para convertir las estepas de Asia Central en campos de algodón. El proyecto aumentó la superficie cultivada, pero dejó sin caudal suficiente al lago que durante milenios habían alimentado el Amu Daria y el Sir Daria.
En 1960, el mar de Aral ocupaba más de 67.000 km² y era el cuarto mayor lago del planeta. Con el retroceso del agua, su antiguo fondo dio paso al Aralkum, un desierto de sal, arena y sedimentos que actualmente se extiende por unos 62.000 km².
La red de presas y canales que impulsó el cultivo de algodón redujo drásticamente la entrada de agua al mar de Aral, provocó el colapso de la pesca y dejó expuestos miles de kilómetros cuadrados de fondo contaminado.
El agua del Aral terminó en los campos de algodón
La planificación soviética reservaba desde 1918 parte del caudal de ambos ríos para la producción algodonera. El objetivo se intensificó en las décadas de 1950 y 1960, cuando se construyeron grandes presas y canales, incluido el canal de Kara Kum, para llevar agua a cultivos de algodón, arroz y otros productos en zonas desérticas.
La superficie irrigada pasó de unos 4,5 millones de hectáreas a mediados del siglo XX a aproximadamente siete millones en los años noventa. Uzbekistán llegó a aportar más de dos tercios del algodón producido por la Unión Soviética. Sin embargo, el caudal que alcanzaba el lago cayó con rapidez: entre 1926 y 1960, el Amu Daria y el Sir Daria aportaban juntos una media anual de unos 55 km³.
Al tratarse de un lago sin salida al océano, esa aportación compensaba la intensa evaporación de la región. Cuando el agua empezó a desviarse de forma masiva, el equilibrio desapareció. La producción de algodón creció mientras la entrada al Aral se reducía, y la superficie del lago descendió hasta quedar dividida en varias masas de agua.
Un lago convertido en fuente de polvo y sal
La pérdida de agua también multiplicó la salinidad, que pasó de unos 10 gramos por litro a alrededor de 45 en algunas etapas. Las poblaciones de peces colapsaron y localidades costeras quedaron a decenas de kilómetros de la nueva orilla.
Muynak, en Uzbekistán, resume el impacto económico. La ciudad llegó a emplear a unos 10.000 pescadores y su industria pesquera representaba alrededor del 3 % de las capturas anuales soviéticas. Cuando el lago retrocedió, los barcos quedaron abandonados sobre el antiguo fondo marino y el pescado tuvo que llegar congelado por tren desde Murmansk.
El Aralkum no es un desierto convencional. Sus sedimentos contienen sales, fertilizantes, pesticidas y otros contaminantes acumulados durante décadas. El viento puede levantar ese material y transportarlo a grandes distancias, generando tormentas de polvo y sal que deterioran los suelos agrícolas y afectan a las poblaciones cercanas. La desaparición del lago también alteró el clima local, con veranos más cálidos y secos e inviernos más fríos.
El Aral Norte demuestra que la recuperación es posible
La evolución no ha sido igual en toda la cuenca. En Kazajistán, la presa de Kokaral, terminada en 2005 con apoyo del Banco Mundial, permitió retener el agua del Sir Daria en el Aral Norte. El nivel subió unos 3,3 metros en siete meses, la salinidad descendió y regresaron especies de agua dulce.
Las capturas pesqueras pasaron de unas 1.360 toneladas en 2006 a más de 7.100 en 2016. El resultado indica que una parte del ecosistema puede recuperarse cuando vuelve a recibir agua, aunque no implica que todo el mar de Aral pueda restaurarse con facilidad.
En el sur, el Amu Daria continúa sometido a una fuerte demanda agrícola. Su caudal apenas alcanza lo que queda del Aral Sur y, en 2015, la zona oriental llegó a secarse por completo. Recuperarla exigiría dedicar al lago grandes volúmenes de agua que actualmente sostienen cultivos y empleos en Uzbekistán.
El caso también ilustra cómo una infraestructura útil para una economía concreta puede trasladar sus costes a toda una cuenca. La alteración del lago afectó al agua, la pesca, los suelos, el clima local y la salud de las comunidades expuestas a polvo y contaminantes. El impacto económico del cambio climático plantea dilemas distintos, pero relacionados, como muestra el coste previsto para Londres.
Una transformación con consecuencias duraderas
La Unión Soviética consiguió ampliar enormemente el regadío y convertir Asia Central en una gran región productora de algodón. El precio fue la desaparición de buena parte del cuarto mayor lago del mundo y la creación de un desierto de unos 62.000 km². La recuperación parcial del Aral Norte ofrece una vía de mejora, pero el futuro del resto de la cuenca sigue condicionado por la cantidad de agua que la agricultura esté dispuesta a devolver al sistema.
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