
El cráter del Falcon 9 en la Luna ya ha sido observado con más detalle por el Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) de la NASA. Las imágenes sitúan su diámetro en unos 18 metros y su profundidad en menos de 3 metros, después del impacto de un segundo estadio del cohete a comienzos de agosto.
El orbitador estadounidense tomó cinco imágenes del lugar el 11 de agosto, separadas por 117 minutos. Estas observaciones permiten estudiar tanto la forma de la nueva depresión como el material lunar expulsado alrededor del punto de impacto.
El segundo estadio de un Falcon 9 abrió un cráter de aproximadamente 18 metros de diámetro y menos de 3 metros de profundidad. El LRO ha identificado además una dispersión de material con forma de doble V, compatible con un impacto de ángulo bajo.
Qué muestran las imágenes del Lunar Reconnaissance Orbiter
El nuevo cráter se encuentra a una cota de 511 metros respecto a la altitud media del terreno lunar. En torno a la depresión aparece material eyectado con una geometría de doble V, una configuración que suele asociarse a impactos producidos con una inclinación reducida. En este caso, la trayectoria estimada formaba unos 31 grados respecto al horizonte lunar.
La observación desde la Tierra era especialmente complicada por la posición del impacto. Las primeras imágenes del lugar llegaron a través del Korea Pathfinder Lunar Orbiter, también conocido como Danuri, y posteriormente el LRO aportó una serie de observaciones más detalladas del terreno afectado.
Por qué cambia el aspecto de la superficie
Las diferencias de color alrededor del cráter no indican necesariamente la presencia de materiales distintos. La capa superficial de regolito se oscurece por su exposición prolongada al viento solar y a los rayos cósmicos, un proceso que alcanza aproximadamente los 50 centímetros de profundidad.
Por debajo de esa zona se encuentra regolito menos alterado por el entorno espacial y, por tanto, de tonalidad más clara. Los impactos de este tipo permiten observar cómo se mezclan y redistribuyen esas capas, además de ofrecer referencias para estudiar la respuesta del suelo lunar ante colisiones.
Un impacto no planificado
El choque no fue una maniobra intencionada. El segundo estadio formaba parte de una misión que transportó hacia la Luna los módulos HAKUTO-R de ispace y Blue Ghost de Firefly Aerospace. Una vez completada su función, el componente terminó impactando contra la superficie sin propulsante disponible.
Precisamente por tratarse de un impacto pasivo, no está claro qué parte del estadio tocó primero el suelo. Ese detalle puede influir en la forma final del cráter y en la distribución del material expulsado, por lo que la interpretación de las imágenes mantiene cierto margen de incertidumbre.
Qué utilidad tienen estos impactos
Las colisiones de componentes de cohetes y de otros objetos con la Luna se han utilizado para estudiar las propiedades del subsuelo y comparar sus efectos con los producidos por meteoritos. En este caso, las imágenes del LRO proporcionan otro ejemplo de cómo un impacto de baja velocidad relativa y con un ángulo oblicuo modifica la superficie.
La gestión de residuos en futuras misiones lunares
El aumento previsto de las misiones robóticas y tripuladas hará más importante controlar las trayectorias de las etapas y de cualquier hardware que quede fuera de servicio. Aunque la Luna no tiene un ecosistema comparable al terrestre y la cantidad de material implicada es reducida, evitar impactos innecesarios ayudará a conservar el entorno de futuras operaciones científicas y de exploración.
Conclusión
Las nuevas imágenes del Lunar Reconnaissance Orbiter confirman las dimensiones aproximadas del cráter asociado al segundo estadio del Falcon 9 y revelan una dispersión de regolito coherente con un impacto oblicuo. El lugar servirá como referencia para estudiar la superficie lunar, aunque la ausencia de una colisión activa deja abierta la cuestión de qué parte del vehículo inició el contacto con el terreno.
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