
La sequía en Inglaterra y construcción de embalses han vuelto a ocupar el centro del debate sobre la gestión del agua. El país ha encadenado un verano excepcionalmente seco mientras sus reservas descienden y una parte creciente de la población queda sometida a restricciones.
El problema no se limita a la falta puntual de lluvia. Inglaterra lleva décadas sin poner en servicio un gran embalse, su población ha aumentado y las temperaturas más altas incrementan la pérdida de agua por evaporación y evapotranspiración. La combinación está obligando a revisar una política que durante años priorizó otras soluciones.
Inglaterra afronta una sequía extrema con una capacidad de almacenamiento que no ha crecido al ritmo de la población, además de importantes fugas en la red y un consumo mayor en los hogares sin contador.
Un verano excepcionalmente seco
Según los datos de la Environment Agency, julio terminó en Inglaterra con apenas el 10% de la precipitación media registrada entre 1991 y 2020. En el sureste, la proporción cayó por debajo del 1%. Algunas zonas de Hampshire, la isla de Wight y el oeste de Sussex acumularon 59 días sin lluvia.
La situación no se corrigió durante la primera mitad de agosto: hasta el día 13 se habían registrado 4 milímetros, alrededor del 6% de lo habitual. El 71% del territorio inglés presentaba problemas relacionados con la sequía y unos 45 millones de personas vivían en zonas oficialmente afectadas. De ellas, 27 millones estaban bajo una prohibición temporal de utilizar mangueras.
Los embalses se situaban 13,8 puntos porcentuales por debajo de su media y continuaban perdiendo agua. El episodio forma parte de un escenario más amplio en Europa: Irlanda aprobó una orden nacional de conservación, Flandes mantuvo el código naranja, el Rin alcanzó su caudal estacional más bajo desde 1901 y en Francia el 43% de las estaciones de seguimiento registraba cursos secos o interrumpidos.
Décadas sin grandes embalses
El último gran embalse puesto en servicio en Inglaterra fue Carsington, en 1992. Después solo se incorporó Banbury, una infraestructura mucho menor, en 2012. Como consecuencia, la capacidad de almacenamiento por habitante alcanzó su máximo en los años ochenta y desde entonces ha disminuido mientras la población crecía.
La falta de nuevas presas no responde únicamente a una ausencia de propuestas. Proyectos como Abingdon fueron rechazados en distintas ocasiones, y la construcción de grandes infraestructuras hidráulicas suele generar conflictos ambientales, territoriales y políticos. El Tribunal Superior reactivó el proyecto de Abingdon el año pasado, pero eso no equivale a que la obra esté terminada ni garantiza su ejecución inmediata.
En mayo de 2025, Londres declaró de interés nacional los embalses previstos para Fens y Lincolnshire, con una capacidad anunciada de 55 hectómetros cúbicos cada uno. La decisión trasladó la competencia fuera de los ayuntamientos. Además, existe un plan para añadir nueve embalses antes de 2050, aunque convertir ese objetivo en instalaciones operativas requerirá superar trámites y oposición local.
Más calor, fugas y consumo doméstico
El déficit de lluvia es solo una parte de la ecuación. El aumento de las temperaturas ha hecho que los episodios de evapotranspiración potencial extrema sean hoy 80 veces más probables y un 7% más intensos. En términos prácticos, el sistema pierde más agua incluso cuando las precipitaciones no cambian en la misma proporción.
La red de distribución añade otra dificultad. Las compañías pierden entre 2.870 y 2.967 millones de litros diarios por problemas en las canalizaciones, cerca del 19% del agua distribuida. A ello se suma que solo el 62,7% de los hogares dispone de contador. Los hogares que sí lo tienen consumen unos 122 litros por persona al día, frente a los 177 litros de media en las viviendas sin contador.
La experiencia demuestra que construir embalses puede aumentar la capacidad de reserva, pero no resuelve por sí sola las fugas, el consumo ni los cambios en el régimen de lluvias. La respuesta previsiblemente tendrá que combinar nuevas infraestructuras, reparación de tuberías, medición del consumo y medidas de conservación.
El impacto económico de estos cambios también será relevante para la capital británica: Londres podría afrontar hasta 36.000 millones de libras anuales por el cambio climático en 2050.
Una decisión con costes políticos
La sequía está reabriendo una discusión que durante años parecía propia de otros países: cuánta capacidad de almacenamiento necesita una sociedad y qué impacto está dispuesta a asumir para conseguirla. Sin embargo, una mayor red de embalses no sustituye a la adaptación del consumo ni garantiza seguridad absoluta ante periodos secos más frecuentes.
Los próximos proyectos permitirán comprobar si Inglaterra logra acelerar sus infraestructuras sin relegar la protección de los ríos y los ecosistemas. La cuestión no es solo cuántos embalses se construyen, sino cómo se gestiona un recurso cada vez más condicionado por el calentamiento y por una demanda urbana en aumento.
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